Cartas desde la Tierra
Cartas desde la Tierra El Arca continuó su viaje, a la deriva, errante, sin brújula y sin control, juguete de los vientos caprichosos y de las corrientes arremolinadas. ¡Y la lluvia, persistente! Seguía cayendo a cántaros, calando, inundando. Nunca se había visto lluvia igual. Se había oído hablar de cuarenta centímetros por día, cifra insignificante en comparación. Ahora eran trescientos veinte centímetros por día, ¡tres metros! Esta cantidad increíble llovió durante cuarenta días y cuarenta noches, sumergiendo los cerros de ciento veinte metros de alto. Luego los cielos y hasta los ángeles se secaron. No cayó una gota más.
Como Diluvio Universal, éste fue una desilusión, pero había montones de Diluvios Universales antes, como lo atestiguan todas las biblias de todas las naciones, y éste fue uno de ellos. Por fin, el Arca encalló en la cima del monte Ararat, a cinco mil cien metros sobre la altura del valle, y su carga viviente desembarcó y descendió la montaña.
Noé plantó un viñedo, bebió su vino y cayó vencido.
Esta persona había sido elegida entre todas porque fue considerada la mejor. Iba a reiniciar la raza sobre una nueva base. Ésta fue la nueva base. No prometía nada bueno.
