Cuentos completos
Cuentos completos Siendo yo muchacho, mi tÃo y sus hijos mayores cazaban con rifle, mientras que Fred, el más joven, y yo lo hacÃamos con una escopeta de perdigones, es decir, con una pequeña escopeta de un solo cañón, muy apropiada a nuestra estatura y a nuestra fuerza, ya que pesaba poco más que una escoba. La llevábamos cada uno, por turnos, media hora seguida. Yo no atinaba a nada, pero me gustaba probar. Fred y yo tirábamos a las aves pequeñas y los demás cazaban ciervos, ardillas, gallipavos salvajes y otras presas por el estilo. Mi tÃo y sus hijos mayores eran buenos tiradores. Mataban halcones, patos salvajes y otras aves al vuelo; a las ardillas no las mataban ni las herÃan, sino que las atontaban. Cuando los perros levantaban una ardilla, esta corrÃa a lo alto de los árboles, se deslizaba por una rama y se apretujaba contra ella con la esperanza de hacerse invisible, aunque sin éxito. Siempre se distinguÃan sus minúsculas orejitas tiesas. No podÃa verse su hocico, pero ya sabÃa uno dónde estaba. Entonces el cazador, desdeñando buscar un apoyo para su rifle, se ponÃa en pie y apuntaba de pronto a la rama, y disparaba una bala debajo mismo de donde la ardilla tenÃa pegada la nariz. El animalito se venÃa abajo, sin heridas, pero inconsciente. Entonces los perros le daban una sacudida con la boca, y ya estaba muerta. En ocasiones, cuando la distancia hasta la rama era mucha y no se tenÃa en cuenta el viento, la bala herÃa a la ardilla en la cabeza. Y ya podÃan los perros hacer con ella lo que quisiesen, que el orgullo del cazador estaba lastimado y no consentÃa que aquel animal entrase al zurrón.