Cuentos completos

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En resumidas cuentas, no la cacé. Cuando ella se cansó por fin del juego, levantó el vuelo casi bajo mi misma mano, se remontó con la rapidez y el zumbido de un tiro y se posó en la rama más alta de un árbol grandísimo. Se sentó, cruzó las piernas y me miró sonriente desde allá arriba, mostrándose satisfecha al contemplar mi asombro.

Estaba avergonzado, y también perdido. Mientras recorría los bosques a la caza de mí mismo, tropecé con una cabaña de madera abandonada, y preparé una de las mejores comidas que he saboreado en todos los días de mi vida. La huerta estaba llena de tomates maduros. Aunque hasta entonces nunca me habían gustado, los comí con hambre devoradora. Solo dos o tres veces, a partir de entonces, he probado cosa tan deliciosa como aquellos tomates. Tal atracón me di de ellos que ya no volví a probarlos hasta que llegué a la mediana edad. Ahora soy capaz de comerlos, pero su sola vista me desagrada. Me imagino que todos, en un momento u otro de la vida, nos hemos atracado alguna vez con exceso. En cierta ocasión, apremiado por las circunstancias y porque no había a mano ninguna otra cosa, me comí una parte de un barril de sardinas. Desde entonces he podido pasar perfectamente sin catarlas.

1906


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