Cuentos completos
Cuentos completos Pues bien, cuando yo llevaba ya difunto unos treinta años, empecé a sentirme un poco preocupado. Imagínate, durante todo ese tiempo había estado zumbando por el espacio igual que un cometa. ¡Un cometa! ¡Te digo, Peters, que los había dejado a todos atrás! Como comprenderás, ninguno de ellos seguía mi camino de forma constante, porque viajan trazando una larga órbita en forma de lazo, mientras yo marchaba en una línea tan derecha como un dardo en dirección al Más Allá. Pero de cuando en cuando me encontraba con alguno que seguía mi rumbo durante cosa de una hora, y entonces corríamos un rato juntos. Por lo general, la carrera no era equilibrada, porque yo pasaba por su lado como si estuviese quieto. Un cometa ordinario no corre mucho más de doscientas mil millas por minuto. Cuando me topaba con uno (por ejemplo, con el de Encke, o el de Halley), no era aquello sino un puro llamear y desvanecerse, como comprenderás. No se le podía llamar de verdad una carrera. Era algo así como si el cometa fuese un tren de mercancías y yo un despacho telegráfico. Pero después de salir de nuestro sistema astronómico, alguna vez distinguí las luces de alguno que era una cosa seria. Nosotros no tenemos cometas de esa clase, con los nuestros no tengo ni para empezar. Una noche que iba cruzando el espacio a un paso muy vivo y con todas las velas desplegadas, y el viento a mi favor (por mis cálculos, llevaba una velocidad de un millón de millas por minuto, quizá más, en ningún caso menos), divisé uno de magnitud extraordinaria a unos tres puntos de mi amura de estribor. A juzgar por las luces de su popa, su rumbo era entre nordeste y nornoreste. Como era tan semejante al que yo llevaba, no quise perder la oportunidad, me desvié un grado, afirmé el timón y me fui por él. ¡Qué zumbido producí, y cómo volaba por los aires la pelusa eléctrica! Antes de un minuto y medio me hallaba yo envuelto en un nimbo eléctrico que llameaba a mi alrededor por millas y millas e iluminaba el espacio como el día. El cometa brillaba a lo lejos con luz amoratada, igual que una antorcha mortecina, cuando lo avisté por primera vez, pero a medida que me abalanzaba sobre él se iba haciendo más y más voluminoso. Con tal rapidez me deslizaba en su dirección, que cuando llevaba ciento cincuenta millones de millas estuve a punto de verme engullido por los resplandores fosforescentes de su cola, y quedé deslumbrado, sin poder distinguir nada. Me dije que nada ganaba chocando con él, y me desvié, siguiendo adelante en mi carrera. Al rato me puse a la par de su cola. ¿Sabes qué impresión producía aquello? Parecía un mosquito abalanzándose sobre el continente americano. Avancé más despacio. Llevaba ya costeándolo algo más de ciento cincuenta millones de millas, y entonces me di cuenta, por la configuración del cometa, de que no había alcanzado ni siquiera su cintura. Te digo, Peters, que aquí abajo no sabemos una palabra de cometas. Si quieres ver cometas de verdad, tienes que salir fuera de nuestro sistema solar, donde hay espacio suficiente para ellos, como comprenderás. Amigo mío, allá, por aquellas regiones, he visto cometas que no podrían siquiera colocarse dentro de las órbitas de los más grandes y nobles de aquí sin que les colgase la cola fuera de ellas.