Cuentos completos
Cuentos completos De vez en cuando, en aquellos días, los chicos me decían que tenía que conseguir que un tal Jim Blaine me contara la conmovedora historia del viejo carnero de su abuelo, pero siempre añadían que tenía que evitar sacar el tema a menos que en ese momento Jim estuviera borracho, lo justo para sentirse cómodo y amigable. No se detuvieron hasta que me moría de curiosidad por oír la historia. Acabé persiguiendo a Blaine, pero no sirvió de nada. Los chicos en cada ocasión le encontraban pegas a su condición: a menudo estaba moderadamente bebido, pero no de la forma satisfactoria. Jamás había observado el estado de un hombre con tanto interés, con tantas ansias, y nunca había suspirado tanto por ver a un hombre borracho por completo. Por fin, una noche fui corriendo a su casa, porque había oído que en aquel momento su situación era tal que ni siquiera los más quisquillosos le encontraron problemas: estaba tranquila, serena y simétricamente borracho. No había hipo que le enturbiara la voz ni nube lo bastante densa para oscurecer su memoria. Cuando entré, estaba sentado sobre un barril de pólvora vacío, con una pipa de arcilla en una mano y la otra alzada para pedir silencio. Tenía la cara redonda, roja y muy seria, y llevaba el cuello descubierto y el cabello alborotado. En general, sus facciones y su indumentaria le hacían parecer un robusto minero de la época. Sobre la mesa de pino había una vela, y su tenue luz revelaba a «los chicos» sentados aquí y allá en literas, en cajas de candelas, en barriles de pólvora, etcétera. Decían: