Cuentos completos
Cuentos completos La señora Beazeley, Jackson Beazeley, viuda, de la ciudad de Campbellton, en Kansas, me escribió en relación con un asunto cercano a su corazón, un asunto que a muchos podría haberles parecido trivial pero que para ella era materia de gran preocupación. En aquel entonces vivía en Michigan y servía a la Iglesia. Era, y es, una mujer digna de estima, una mujer a quien la pobreza y las penurias han demostrado servir de estímulo para el trabajo, en lugar de ser motivo de desaliento. Su único tesoro era su hijo William, un joven a punto de entrar en la edad adulta, religioso, amigable y con un sincero apego a la agricultura. Era el consuelo y el orgullo de la viuda. Y así, movida por su amor por él, me escribió en relación con un asunto, tal como ya he dicho, que afectaba a su corazón, porque afectaba al de su hijo. Deseaba que hiciera una consulta al señor Greeley sobre los nabos. Los nabos eran el sueño que su joven hijo ambicionaba. Mientras otros jóvenes malgastaban con frívolos entretenimientos esos preciosos años de vigor en ciernes que Dios les ha dado con el objeto de prepararse para una vida de provecho, ese muchacho enriquecía con paciencia su mente con información sobre los nabos. El sentimiento que les profesaba rayaba la adoración. No podía pensar en los nabos sin emocionarse, hablar de ellos con serenidad, contemplarlos sin exaltarse ni comérselos sin derramar lágrimas. Toda la poesía de su naturaleza sensible estaba en sintonía con ese delicado vegetal. Con los primeros cantos del amanecer iba en busca de su pedazo de tierra, y cuando el manto de la noche lo alejaba de él, se encerraba con sus libros y consultaba las estadísticas hasta que le vencía el sueño. En los días lluviosos se sentaba y hablaba durante horas con su madre sobre los nabos. Cuando recibían visitas, convirtió en un agradable deber dejar de lado todo lo demás y pasarse el día conversando con ellas sobre su gran pasión por los nabos. Y sin embargo, ¿sentía colmada esa pasión? ¿No estaba en secreto teñida de infelicidad? Pues claro que sí. Un tormento atenazaba su corazón, y la más noble inspiración de su alma eludía su empeño: no conseguía hacer del nabo una planta trepadora. Pasaron los meses, sus mejillas perdieron la frescura, la viveza de su mirada se desvaneció, los suspiros y la abstracción usurparon el lugar a las sonrisas y las conversaciones animadas. Pero una mirada vigilante captó todo aquello, y a su debido tiempo la compasión materna desveló el secreto. De ahí la carta que me dirigió. Suplicaba que le prestara atención: su hijo se estaba muriendo por momentos.