Cuentos completos
Cuentos completos Repetida palabra por palabra tal como la oÃ
Era verano, y la hora del ocaso. Estábamos sentados en el porche de la granja, en la cima de la colina, y «tÃa Rachel» estaba sentada más abajo que nosotros, en la escalera… pues era nuestra criada, y de color. TenÃa una corpulencia y una estatura tremendas. HabÃa cumplido los sesenta años, pero su agudeza visual y su fortaleza no habÃan disminuido un ápice. Era un espÃritu alegre y afable, y reÃr no le suponÃa mayor esfuerzo que a un pájaro cantar. En esos momentos estaba en la lÃnea de fuego, como siempre al terminar el dÃa. Es decir, le estaban tomando el pelo sin piedad, y lo disfrutaba. Dejaba escapar una risotada tras otra, y luego permanecÃa sentada con la cara entre las manos y sufrÃa las sacudidas del trance de una alegrÃa para cuya expresión ya no lograba tomar suficiente aliento. En semejante momento se me ocurrió una idea, y dije:
—TÃa Rachel, ¿cómo es que has vivido sesenta años y nunca has tenido problemas?
Ella dejó de temblar. Hizo una pausa, y hubo unos instantes de silencio. Se volvió a mirarme por encima del hombro y dijo, sin siquiera una sonrisa en la voz:
—Misto C…, ¿estás usted en serio?
Eso me sorprendió mucho, y moderó mis formas y también mis palabras. Dije: