Cuentos completos
Cuentos completos Esto es lo que me contó el comandante, o así al menos lo recuerdo:
Durante el invierno de 1862-1863, yo era comandante del fuerte Trumbull, en New London, Connecticut. Tal vez nuestra vida no fuera tan convulsa como lo era en «el frente», pero de todos modos era bastante agitada: el cerebro no tenía ocasión de embotarse por falta de motivos que lo mantuvieran activo. Por ejemplo, por toda la zona del norte circulaban sin cesar rumores misteriosos: rumores de que había espías rebeldes por todas partes, dispuestos a hacer volar nuestros fuertes norteños, a incendiar nuestras residencias, a enviar ropa infectada a nuestras ciudades, y cosas por el estilo. Tal vez lo recuerde. Todo esto tendía a mantenernos alerta y a despejar el típico sopor de la vida cuartelaria. Además, nuestro fuerte era una base de reclutamiento, lo cual significa que no teníamos tiempo que malgastar dormitando en ensoñaciones y demás tonterías. A pesar de toda nuestra vigilancia, la mitad de la gente reclutada durante el día se nos escapaba de entre las manos y escurría el bulto durante la primera noche. Las primas de enganche eran tan altas que un recluta podía permitirse darle a un centinela trescientos o cuatrocientos dólares para que lo dejara escapar, y aun así le quedaba una suma de dinero que constituía una auténtica fortuna para un hombre pobre. Así pues, como le he dicho, no llevábamos una vida abúlica.
