Cuentos completos
Cuentos completos Las cataratas del Niágara son un sitio de recreo ideal. Los hoteles son excelentes y los precios, nada exorbitantes. No hay mayores oportunidades de pesca en todo el país; de hecho, no son ni igualadas en ningún otro sitio. La razón es que en otras localidades ciertos puntos del río son mejores que otros; en tanto que en el Niágara cualquier sitio es bueno, por la sencilla razón de que los peces no pican en ninguno, así que resulta completamente inútil andar millas y millas para pescar cuando uno puede contarse con tener el mismo éxito en el lugar más cercano. Hasta la fecha, las ventajas de este estado de cosas no se han evidenciado con la debida propiedad ante la opinión pública.
El tiempo es fresco en verano y los paseos y las excursiones son todos agradables y nada fatigosos. Cuando se sale para visitar las cataratas se desciende primero durante una milla más o menos y se paga una pequeña suma por el privilegio de mirar hacia abajo desde un precipicio de donde se ve la parte más estrecha del Niágara. Una brecha abierta en cualquier colina sería igual de interesante si tuviera un río embravecido agitándose espumeante por su fondo. En ese lugar puede uno descender por una escalera ciento cincuenta pies y llegar hasta la superficie misma del agua. Y en cuanto se ha hecho esto, se pregunta uno por qué lo hizo, pero entonces ya es demasiado tarde.