Cuentos completos

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Pero, al poco tiempo, aquel incontenible aparato se inventó otro caprichito. Cierta noche de invierno fuimos lanzados fuera de la cama por la música repentina de aquel horrible gongo, y cuando nos acercamos renqueando al tablero anunciador y encendimos la lámpara, vimos que se iluminaba la bombilla que indicaba «cuarto de los niños». Mi señora se desmayó en el acto, y a mí estuvo a punto de ocurrirme lo mismo. Agarré mi escopeta de perdigones y esperé a que llegase el cochero mientras el gongo alborotaba de un modo espantoso. Yo estaba seguro de que el gongo del cochero lo habría arrancado también de la cama, y que en cuanto lograra vestirse se presentaría con su escopeta. Cuando me pareció que era el momento justo, me arrastré hasta el cuarto de al lado del de los niños, miré por la ventana y distinguí la vaga silueta del cochero en la explanada de debajo, en la posición de «presenten armas», esperando su oportunidad. Entonces me metí de un salto en el cuarto de los niños y disparé, y en aquel mismo instante abrió fuego también el cochero, apuntando a la roja llama de mi escopeta. Ni él ni yo dimos al ladrón, pero dejé inválida a una niñera, y él me arrancó todo el pelo de la parte posterior de la cabeza. Encendimos el gas y llamamos por teléfono a un cirujano. No encontramos por ninguna parte rastro del ladrón, y tampoco ninguna ventana abierta. Había un cristal roto, pero era el que había recibido el disparo del cochero. Aquello sí que resultaba un bello misterio: ¡la alarma que se dispara espontáneamente, sin que ande por allí ladrón alguno!


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