Cuentos completos
Cuentos completos Era una delicia encontrarse en un lugar así, tras varias semanas familiarizándome día y noche con las cabañas de los mineros, con todo lo que eso conlleva en cuanto a suelos de tierra, camas eternamente deshechas, platos y tazas de estaño, beicon con alubias acompañado de café solo, y ausencia de decoración salvo por las imágenes de la guerra de los periódicos ilustrados del Este sujetas con clavos a las paredes de madera. Todo era una dura, triste y material desolación. Sin embargo, aquí había un nido con elementos en los que reposar los cansados ojos y reanimar esa parte de la propia naturaleza que, tras un largo ayuno, reconoce, al verse expuesta a los componentes del arte, por baratos y modestos que estos sean, que ha pasado hambre sin ser consciente de ello y que ha hallado por fin con qué nutrirse. Jamás habría creído que una alfombra de trapo pudiera suponer para mí tal deleite y tal satisfacción, ni que fueran tal alivio para el alma los papeles pintados; las litografías enmarcadas; los vivos colores de los paños que cubren los respaldos de los asientos y de los tapetes de las lámparas; las sillas Windsor; las estanterías barnizadas cubiertas de caracolas, libros y jarrones de porcelana; y, en definitiva, el sinfín de recursos y detalles inclasificables que una mano femenina distribuye por la casa y que uno ve sin saberlo, pero que echaría de menos al instante si los quitaran. El placer que experimentaba mi corazón se reflejaba en mi rostro, y el hombre lo notó y se sintió complacido. Le resultó tan evidente que respondió como si hubiera sido expresado en voz alta.