Cuentos completos
Cuentos completos En el barco teníamos un entretenimiento que nos ayudaba a pasar el tiempo…, al menos por la noche, en el salón de fumadores, cuando los hombres se recuperaban de la monotonía y el aburrimiento del día. Consistía en terminar historias inacabadas. Es decir, alguien contaba una historia menos el final, y luego los demás trataban de proporcionar un final inventado por ellos mismos. Cuando todos los que querían probar suerte terminaban, el hombre que había contado la historia relataba el final verdadero…, y luego se podía elegir. A veces los finales nuevos resultaban mejores que los antiguos. Pero la historia que requirió un esfuerzo más insistente, decidido y ambicioso fue una que no tenía final, por lo que no teníamos nada con lo que comparar los finales nuevos. El hombre que la contó afirmó que solo podía darnos los detalles hasta cierto punto, porque no conocía la historia completa. La había leído en un volumen de relatos hacía veinticinco años y se había visto obligado a abandonar la lectura antes de llegar al final. Ofreció cincuenta dólares a cualquiera que la terminara para satisfacción de un jurado elegido entre todos. Nombramos un jurado y nos pusimos manos a la obra. Ideamos un montón de finales, pero el jurado los rechazó todos. Y tenía razón. Era un cuento cuyo autor tal vez completara satisfactoriamente en su momento, y, si realmente tuvo esa fortuna, me gustaría saber cuál era el final. Cualquiera se puede dar cuenta de que la fuerza del relato radica en el planteamiento, y no hay manera de conducirlo al desenlace con el que sin duda debería concluir. En esencia, el cuentecillo era como sigue:
