El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso EL DOMINIO DE SATÁN sobre el tiempo y la distancia resultaba asombroso. No existían para él. Decía que eran inventos humanos, algo artificial. A menudo acudimos con él a los rincones más alejados del globo, en los que permanecimos semanas y meses; aunque, por regla general, fuera sólo estábamos una fracción de segundo. Un día, cuando los nuestros se hallaban terriblemente afligidos porque la comisión para asuntos de brujería tenía miedo de actuar contra el astrólogo y los habitantes de la casa del padre Peter —o, en realidad, contra cualquiera que no fuese pobre o tuviera amigos—, perdieron la paciencia y se dedicaron a buscar brujas entre los suyos, por lo que empezaron a perseguir a una dama que —todos lo sabían— tenía por costumbre curar a las personas usando métodos diabólicos, como bañarlas, lavarlas y alimentarlas, en lugar de sangrarlas y purgarlas, mediante las atenciones de un barbero-cirujano, como era debido. Ella echó a correr calle abajo, perseguida por las maldiciones y los aullidos de la multitud, e intentó buscar refugio en las casas, pero todas las puertas estaban cerradas. La persiguieron durante más de media hora, mientras nosotros los seguíamos para verlo, hasta que al final, exhausta, cayó al suelo y la atraparon. La arrastraron hasta un árbol, lanzaron una cuerda por encima de una de sus ramas y empezaron a hacerle un nudo corredizo, mientras otros la retenían y ella lloraba e imploraba; su hija pequeña también lloraba, presenciando todo aquello, pero sin atreverse a decir o hacer nada.
