El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso PASARON DÍAS Y MÁS DÍAS, y ni rastro de Satán. Sin él nos aburríamos. Pero el astrólogo, que había regresado de su excursión a la luna, se paseaba por la aldea, desafiando a la opinión pública, recibiendo una pedrada en la espalda de vez en cuando, siempre que alguno de los que odiaban a las brujas encontraba la oportunidad de tirar la piedra y esconderse luego. Mientras, dos cosas habían influenciado positivamente a Marget: que Satán —indiferente a ella— hubiese dejado de ir a su casa tras una o dos visitas, la había herido en su orgullo, por lo que se había impuesto la tarea de desterrarlo de su corazón. Los informes de la disipación de Wilhem Meidling, que Ursula le llevaba de vez en cuando, le provocaban remordimientos: los celos por culpa de Satán eran la causa. De manera que al incidir en ella a la vez esos dos asuntos, le aportaron beneficios: su interés por Satán se enfriaba sin pausa, y su interés por Wilhem crecía al mismo ritmo. Lo único que faltaba para completar su conversión era que Wilhem se armara de valor e hiciera algo que provocase comentarios favorables e inclinase al público hacia él.
