El Forastero Misterioso
El Forastero Misterioso Pero era el padre Peter, el otro sacerdote, al que todos queríamos más y del que más nos compadecíamos. Algunos lo habían acusado de decir, en medio de una conversación, que Dios era todo bondad y encontraría la forma de salvar a los hombres, sus pobres hijos. Manifestar eso era algo terrible, pero jamás hubo una prueba irrefutable de que el pobre padre Peter lo hubiera dicho; además, decirlo no parecía propio de él, porque siempre era bueno, discreto y sincero. No se le acusó de haberlo dicho en el púlpito, donde toda la congregación podía oírlo y testificar, sino sólo afuera, charlando; y eso para el enemigo es fácil de inventar. El padre Peter tenía un enemigo, y de los poderosos, el astrólogo, que vivía en una vieja y ruinosa torre, en lo alto del valle, y se pasaba las noches estudiando las estrellas. Todo el mundo sabía que era capaz de predecir guerras y hambrunas, aunque eso no fuese tan difícil, porque siempre había una guerra y, generalmente, hambruna en algún sitio. Pero también sabía leer la vida de cualquier hombre, utilizando las estrellas, en un libro enorme que tenía, y además encontraba los objetos perdidos; por eso todo el mundo en la aldea, excepto el padre Peter, se sentía intimidado ante él. Incluso el padre Adolf, que había desafiado al demonio, mostraba auténtico respeto cuando lo veía atravesar nuestro pueblo con su gorro alto, puntiagudo, y su larga túnica suelta y cubierta de estrellas, en la mano su gran libro y un bastón que, según se sabía, tenía poderes mágicos. El propio obispo escuchaba a veces al astrólogo, o eso se decía, porque, además de estudiar las estrellas y profetizar, hacía gala de una gran piedad, algo que por supuesto impresionaba al obispo.