Juana de Arco

Juana de Arco

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La naturaleza de los hombres los lleva a comportarse de la misma forma en cualquier lugar y situación: magnificar los triunfos y mostrar su desprecio en las derrotas. Así, el pueblo de Domrémy consideró que Juana lo había desprestigiado con su conducta vergonzosa y su estrepitoso fracaso.

Las malas lenguas tuvieron mucho que añadir al ocuparse del asunto. Se volvieron tan incisivas y amargas como diligentes en el hablar. Si en vez de utilizar las lenguas, hubieran movilizado sus dientes, la pobre Juana no habría sobrevevido a sus ataques. Los que no la censuraban hacían algo que resultaba peor y más difícil de soportar, puesto que le ridiculizaban cruelmente, se burlaban de ella y no descansaban, ni de noche ni de día, en hacerla blanco de sus malévolas ocurrencias, sus escarnios y risotadas.

Tanto Haumette, como la Pequeña Mengette y yo, nos pusimos abiertamente de su parte, pero la tormenta era demasiado fuerte para que la aguantara el resto de los amigos, tal como pudo apreciarse al comprobar que éstos la esquivaban, como avergonzados de que pudieran verlos con ella, temerosos de que les recayera su impopularidad y las burlas arrojadas contra la pobre Juana.


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