Juana de Arco
Juana de Arco El dÃa 5 de enero de 1429, Juana vino a verme con su tÃo Laxart y me dijo:
—La hora ha llegado. Mis Voces ya no se muestran ahora dudosas, sino firmes y claras, y me han ordenado lo que debo hacer. Dentro de dos meses me encontraré en presencia del DelfÃn.
Estaba de excelente humor y su aire era decidido y hasta marcial. Me contagió su entusiasmo y experimenté una gran fuerza interior, algo parecido a lo que se siente al escuchar el redoble de los tambores y el paso rÃtmico de los hombres que marchan.
—Lo creo —le dije.
—Yo también lo creo —me confirmó Laxart—. Si me hubiera confiado antes eso de que Dios le ha ordenado rescatar a Francia, no me lo habrÃa creÃdo. La hubiese dejado buscar al gobernador por sus propios medios y yo estarÃa lejos de este asunto, convencido de que mi sobrina estaba loca. Pero la he visto plantar cara a esos nobles y poderosos señores sin sentir miedo, la he oÃdo decir lo que debÃa y considero que no habrÃa sido capaz de salir airosa de todo esto, si no fuera con la ayuda de Dios. De esto estoy seguro. Asà que me he puesto a sus órdenes y haré todo lo que ella desee de mÃ.
