Juana de Arco
Juana de Arco El emplazamiento de la aldea era de notable belleza. A un extremo del pueblo se abría una hermosa llanura que descendía hasta el río Mosa, describiendo amplia curva. Al otro extremo, una cuesta ascendía en pendiente, rodeada de altas hierbas, hasta la altura que la remataba, donde se encontraba un denso bosque de robles. Aquel bosque, sombrío y apretado, ofrecía gran interés para nosotros, los niños, puesto que —según contaban— los bandidos habían cometido allí muchos crímenes en tiempos remotos. Pero, todavía más lejos, habitaban aquel bosque portentosos dragones que arrojaban fuego y vapores venenosos por sus narices. De hecho, todavía en nuestra época quedaba allí uno de ellos. Era tan grande como un árbol y tenía el cuerpo tan ancho como una cubeta de vino. Sus escamas semejaban enormes tejas superpuestas, unas sobre otras, y sus ojos, de color rojo vivo, parecían tan grandes como el sombrero de un caballero. Una especie de uña remataba la cola, como un ancla de considerable tamaño… no sé a qué compararla, pero era algo muy grande, extraordinariamente grande, incluso para un dragón, como explicaban todos los expertos en dragones.