Juana de Arco
Juana de Arco Fuimos llamados a formar y quedamos pendientes de un pase de revista que efectuaría la misma Juana. Después nos dirigió unas palabras con el fin de que tuviéramos en cuenta sus instrucciones. Consideraba que, incluso una actividad tan cruel como la guerra, podía desarrollarse con más eficacia sin blasfemar y lanzar juramentos, por lo que nos advertía seriamente el deber de recordar sus deseos y ponerlos en práctica.
Ordenó que los novatos hicieran media hora de ejercicios a caballo, y eligió uno de los veteranos para que dirigiera los movimientos. La verdad es que la demostración resultó decepcionante, pero, en fin, algo aprendimos y, sobre todo, Juana se mostró satisfecha y nos felicitó por nuestro esfuerzo. Ella no recibió ningún entrenamiento, ni efectuó maniobras con su caballo, sino que, como una estatua, erguida y serena, contempló nuestras evoluciones. Con eso tuvo suficiente, ¿sabéis? Después no dejaría de realizar con acierto el más pequeño movimiento, sin olvidar detalle de la lección, sino que los conservó en sus ojos y en su mente, y los llevó a la práctica más tarde con la misma seguridad y confianza que si los hubiera hecho toda su vida.
