Juana de Arco

Juana de Arco

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Durante una o dos horas descansamos en Gien, recuperando nuestras quebrantadas fuerzas. Para entonces, ya era conocida la noticia de que la Doncella enviada por Dios para liberar a Francia había llegado. La multitud se apiñaba junto a nuestro emplazamiento con el deseo de verla, así que decidimos acampar en algún lugar más tranquilo. Continuamos el camino hasta alcanzar una pequeña aldea llamada Fierbois.

Desde allí, nos encontrábamos a seis leguas de la Corte y del Rey, que estaba refugiado en el castillo de Chinon. Juana me dictó enseguida una carta destinada al Delfín. En ella explicaba que había recorrido ciento cincuenta leguas para comunicarle buenas noticias, por lo que solicitaba el honor de hacérselas llegar personalmente. Añadía que, si bien nunca tuvo la oportunidad de verle, podría reconocerle y descubrirle, aunque se ocultara bajo cualquier tipo de disfraz.

Los dos caballeros partieron inmediatamente, a caballo, para entregar la carta al Rey. El resto de la tropa tuvo la oportunidad de dormir toda la tarde, de modo que después de cenar nos sentíamos bastante más descansados, pero en especial el pequeño grupo de jóvenes de Domrémy. Nos alojábamos en la confortable taberna del pueblo y, por vez primera en diez días increíblemente largos, nos sentíamos libres de amenazas y temores, de penas y trabajos extenuantes.


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