Juana de Arco
Juana de Arco Bueno, cualquier pretexto servía con tal de hacernos perder el tiempo. Los Consejeros del Rey le recomendaron que no se precipitara a la hora de tomar una decisión sobre el asunto que nos traía. ¡Cómo iba él, todo un Rey, a tomar cualquier decisión precipitada! De modo que, así las cosas, lograron que se enviara una comisión de sacerdotes —siempre lo mismo— a Lorena con el fin de informarse acerca de los antecedentes de Juana y la verdad de su historia, tarea que necesitaría varias semanas para concluirse. Os podéis figurar lo molestos que resultaban tales consejeros.
De este modo pasaban los días tediosamente para nosotros, los jóvenes, que acabábamos invadidos por la tristeza. Al menos en algunos momentos, pero no en todos. Ante nuestros ojos se alzaba una perspectiva halagüeña. La verdad es que nunca tuvimos la oportunidad de ver a un rey, y ahora, en cualquier momento, podríamos contemplar aquel portentoso espectáculo que grabaríamos en nuestras mentes como un tesoro para toda la vida. Así que nos manteníamos en ilusionada espera, siempre ansiosos de que, por fin, llegara la ocasión.
Un día se recibieron noticias sensacionales. Los comisionados de la ciudad de Orleáns, ayudados por Yolanda y nuestros caballeros, habían logrado vencer la oposición del Consejo y convencido al Rey para que concediera a Juana la audiencia solicitada.
