Juana de Arco
Juana de Arco El rostro sorprendido del monarca se volvió algo más serio, al flotar este mensaje guerrero dentro de la atmósfera blanda y conformista de la Corte. Las palabras de la joven hicieron el efecto de un viento procedente de los campamentos y muros de las trincheras defensivas, que barría la comodidad y el lujo. La sonrisa despreocupada de poco antes, despareció por completo de la boca del Rey. Ahora se mostraba grave, serio y pensativo.
Al cabo de un momento, hizo un gesto con la mano, y la gente se retiró hacia atrás, dejando espacio suficiente para los dos. Los caballeros y yo nos desplazamos hacia el lado opuesto de la sala y allí permanecimos de pie. Vimos cómo Juana se levantaba, obedeciendo la indicación del Rey, y después hablaba con él sin que nadie los oyera.
Todos los asistentes, que aguardaban la reacción de Juana ante la maniobra de ocultar la personalidad del Rey, se quedaron asombrados al comprobar que la joven había cumplido lo que prometió en su carta. Admirados por el milagro, también se impresionaron al ver que no se sintió cohibida por el esplendor del Palacio, sino que parecía completamente serena y a gusto conversando con el monarca, con mayor naturalidad que la de cualquiera de ellos, con toda su experiencia y años al servicio del Rey.