Juana de Arco
Juana de Arco Parecíamos condenados a soportar fastidiosas esperas y aplazamientos, de modo que decidimos aceptar nuestra suerte, aguantando el aburrimiento con santa paciencia, contando las horas y los días grises y monótonos, sin perder la confianza en la posibilidad de un cambio, cuando Dios quisiera enviarlo.
La única excepción la ofrecía el caso de El Paladín. Se encontraba siempre feliz y el tiempo se le hacía breve. Su buen talante podía deberse, en parte, a lo satisfecho que estaba con su nuevo traje. Lo compró al poco de nuestra llegada al castillo de Coudray, de segunda mano, puesto que perteneció a un caballero español. Estaba formado por un sombrero muy elegante, rematado con vistosas plumas que flotaban al viento, cuello de encaje con puños a juego. Justillo y jubón de terciopelo color pálido, capa corta colgando del hombro, calzas ajustadas, muy altas, larga espada y otros adornos menores. El vestido resultaba elegante y con la elevada estatura de El Paladín, el efecto era aún más favorable. Lo utilizaba cuando estaba fuera de servicio, procurando llamar la atención, con su mano en el puño de la espada y retorciendo sus mostachos ante los campesinos que se paraban a admirar su porte. Lo cierto es que su apostura y lo llamativo del traje, lo distinguían de los menudos caballeros franceses de aquellos años.
