Juana de Arco

Juana de Arco

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Cuando el Rey escuchó de Juana la revelación del secreto que amargaba su ánimo, las dudas se le aclararon y creyó que la Doncella era en verdad enviada por Dios. Si le hubieran dejado libre de intromisiones, habría ordenado lo necesario para que pudiera llevar a cabo su misión inmediatamente. Pero no se lo permitieron. Tremouille y el zorro sagrado de Reims conocían a su pupilo. Les fue suficiente con decir:

—Vuestra Alteza nos dice que las Voces de Juana os han declarado a través de ella un secreto que sólo era conocido por Vos mismo y por Dios. Bien. Pero ¿cómo podéis estar seguro de que esas Voces no son las de Satanás, que la utiliza a ella como instrumento? Pues ¿no conoce Satanás los secretos de los hombres? Es un asunto peligroso, y Vuestra Alteza hará bien en no tomar ninguna decisión antes de comprobar los hechos hasta el fondo.

Las palabras surtieron el efecto deseado. Encogieron el espíritu del Rey como si fuera una pasa, despertando temores y aprensiones, de modo que, al momento, y en secreto, nombró una comisión de obispos con el fin de que vigilaran e interrogaran a Juana continuamente hasta averiguar si las intervenciones sobrenaturales procedían del cielo o del infierno.


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