Juana de Arco
Juana de Arco Cuando llegamos a la casa donde nos hospedábamos, nos habÃan preparado un sustancioso desayuno en el comedor, y la familia tuvo la deferencia de acompañarnos. Tanto los padres de Catalina como ella misma, se mostraron satisfechos al vernos de nuevo y oÃr nuestras aventuras. Aunque nadie le pidió a PaladÃn que comenzase a contarlas, él lo hizo, porque su elevado rango de abanderado le colocaba —en su opinión— por encima de cualquier achaque de nobleza. No hacÃa caso de ninguna, incluida la mÃa, sino que tomaba la palabra cuando le parecÃa oportuno —que era siempre— porque tal era su carácter. Asà que, sin esperar mucho, habló:
—Gracias a Dios, encontramos al ejército en excelentes condiciones. Creo que nunca vi una columna con animales tan hermosos.
—¿Animales? —preguntó extrañada Catalina.
—Os explicaré lo que quiere decir —interrumpió Noel—. Él…
—Te agradecerÃa que no te molestes en explicar las cosas por mà —intervino altivamente el PaladÃn—. Tengo razones para pensar…
—Siempre le pasa lo mismo —añadió Noel—. Cuando él cree que tiene razones para pensar, se cree que piensa, pero está en un error. No vio al ejército. Lo miré con atención y puedo decir que no lo vio en absoluto. Estaba demasiado preocupado con su habitual actitud.
