Juana de Arco

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25

Cuando llegamos a la casa donde nos hospedábamos, nos habían preparado un sustancioso desayuno en el comedor, y la familia tuvo la deferencia de acompañarnos. Tanto los padres de Catalina como ella misma, se mostraron satisfechos al vernos de nuevo y oír nuestras aventuras. Aunque nadie le pidió a Paladín que comenzase a contarlas, él lo hizo, porque su elevado rango de abanderado le colocaba —en su opinión— por encima de cualquier achaque de nobleza. No hacía caso de ninguna, incluida la mía, sino que tomaba la palabra cuando le parecía oportuno —que era siempre— porque tal era su carácter. Así que, sin esperar mucho, habló:

—Gracias a Dios, encontramos al ejército en excelentes condiciones. Creo que nunca vi una columna con animales tan hermosos.

—¿Animales? —preguntó extrañada Catalina.

—Os explicaré lo que quiere decir —interrumpió Noel—. Él…

—Te agradecería que no te molestes en explicar las cosas por mí —intervino altivamente el Paladín—. Tengo razones para pensar…

—Siempre le pasa lo mismo —añadió Noel—. Cuando él cree que tiene razones para pensar, se cree que piensa, pero está en un error. No vio al ejército. Lo miré con atención y puedo decir que no lo vio en absoluto. Estaba demasiado preocupado con su habitual actitud.


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