Juana de Arco

Juana de Arco

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26

A media mañana, mientras conversaba con Madame Boucher sin mayores preocupaciones, Catalina irrumpió muy excitada, gritando:

—¡Rápido! ¡Volad, señor, volad! La Doncella estaba durmiendo un rato en una butaca de mi habitación, cuando se levantó de súbito y exclamó: «¡Se está derramando sangre francesa! ¡Mis armas… dadme mis armas!». Su guardián gigante y yo hemos avisado a su escolta personal, mientras D’Aulon ayuda a vestirle su coraza. ¡Corred… quedaos junto a ella… y si entráis en combate, mantenedla alejada de la lucha!, ¡no la dejéis arriesgarse! No hará falta. Cuando los soldados saben que está cerca y que ella los ve pelear, no necesitan otra cosa. ¡Apartadla del combate! ¡Por favor, hacedlo así!

Salí corriendo, mientras exclamaba con mi habitual sarcasmo:

—¡Ah, sí! Nada hay más fácil que eso… ¡Dejadlo de mi mano!

Al llegar junto a la puerta, Juana, provista de su armadura, caminaba a paso rápido:

—¡Se estaba derramando sangre francesa y no me habíais dicho nada!

—No pude hacerlo, excelencia, porque no lo sabía —me excusé—. Todo parecía tranquilo.

—Pues bien. ¡Pronto escucharéis los ruidos de la guerra! —dijo saliendo como un rayo.


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