Juana de Arco
Juana de Arco A media mañana, mientras conversaba con Madame Boucher sin mayores preocupaciones, Catalina irrumpió muy excitada, gritando:
—¡Rápido! ¡Volad, señor, volad! La Doncella estaba durmiendo un rato en una butaca de mi habitación, cuando se levantó de súbito y exclamó: «¡Se está derramando sangre francesa! ¡Mis armas… dadme mis armas!». Su guardián gigante y yo hemos avisado a su escolta personal, mientras D’Aulon ayuda a vestirle su coraza. ¡Corred… quedaos junto a ella… y si entráis en combate, mantenedla alejada de la lucha!, ¡no la dejéis arriesgarse! No hará falta. Cuando los soldados saben que está cerca y que ella los ve pelear, no necesitan otra cosa. ¡Apartadla del combate! ¡Por favor, hacedlo asÃ!
Salà corriendo, mientras exclamaba con mi habitual sarcasmo:
—¡Ah, sÃ! Nada hay más fácil que eso… ¡Dejadlo de mi mano!
Al llegar junto a la puerta, Juana, provista de su armadura, caminaba a paso rápido:
—¡Se estaba derramando sangre francesa y no me habÃais dicho nada!
—No pude hacerlo, excelencia, porque no lo sabÃa —me excusé—. Todo parecÃa tranquilo.
—Pues bien. ¡Pronto escucharéis los ruidos de la guerra! —dijo saliendo como un rayo.
