Juana de Arco
Juana de Arco Nos levantamos al amanecer y nos disponÃamos a salir una vez terminada la misa. Cuando nos preparábamos, encontramos al dueño de la casa, entristecido al ver a Juana marchar sin haber desayunado siquiera. Le rogó que aguardara unos momentos y comiese algo, pero Juana ardÃa en impaciencia por llegar a la última bastilla que se oponÃa al logro de la misión de salvar a Francia. Boucher insistió en su ruego:
—Pero, pensándolo bien, nosotros, los pobres ciudadanos sitiados, a los que se nos habÃa olvidado el sabor del pescado fresco, ya disponemos de él, gracias a vos. Aquà tenemos un magnÃfico sábalo para desayunar… esperad, dejaos convencer, por favor…
—¡Oh!, no os preocupéis por eso. Pronto habrá pescado en abundancia. Cuando terminemos la batalla de hoy, todo el rÃo quedará a vuestra disposición para que hagáis lo que mejor os parezca.
—Estoy seguro de que podéis conseguirlo en tan poco tiempo, pero nos conformamos con menos. Os concedemos un mes de plazo en lugar de un dÃa. Hacedme caso. Esperad y comed. Hay un refrán que dice: «El que cruce el rÃo dos veces el mismo dÃa en bote, será mejor que coma pescado para que le dé suerte y no sufra un accidente».
—Eso no va conmigo. Hoy sólo cruzaré el rÃo en bote una sola vez.
