Juana de Arco
Juana de Arco Los días trascurrían veloces… y no se tomaba ninguna decisión, nada se aclaraba. El ejército mantenía su espíritu belicoso y su empuje, pero se encontraba inactivo y hambriento. Además, no recibían sus sueldos, por falta de efectivo en las arcas nacionales. Debido a las privaciones, la tropa comenzó a mostrar descontento y a dispersarse… hechos que resultaban del agrado de la relajada Corte. Mientras, la angustia de Juana nos resultaba un penoso espectáculo. La estaban obligando a permanecer de brazos cruzados, mientras su ejército se descomponía hasta quedar reducido al esqueleto.
En vista de las circunstancias, Juana se presentó en el Castillo de Loches, lugar donde holgaba el Rey acompañado por su Corte. En aquellos momentos, despachaba el monarca asuntos de Estado, con sus consejeros: Robert le Maçon, antiguo Canciller de Francia, Cristóbal D’Harcourt y Gerard Machet. El Bastardo de Orleáns también estaba presente y gracias a él nos enteramos de lo que ocurrió.
Juana se postró a los pies del Rey y le planteó rápidamente sus argumentos.
—Noble Delfín, me atrevo a rogaros que no perdáis más tiempo con tantas reuniones y consejos, sino que nos encaminemos a Reims, donde recibiréis vuestra corona.
