Juana de Arco

Juana de Arco

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Llegados ante Jargeau, nos dispusimos al combate con toda rapidez. Juana envió una primera oleada, que se lanzó con vigoroso ímpetu contra las construcciones exteriores, logrando tomar algunas y defenderlas después de los contraataques enemigos. La reacción de los ingleses no se hizo esperar, realizando una salida furiosa para recuperar lo perdido. Los franceses retrocedieron hasta que Juana, pendiente de la batalla, lanzó su grito de guerra y dirigió personalmente un nuevo asalto entre intenso fuego defensivo de artillería. El Paladín cayó herido a su lado, pero Juana tomó con sus propias manos el estandarte y continuó hacia adelante, bajo una lluvia de proyectiles, al mismo tiempo que animaba a los soldados con sus gritos. En los momentos que siguieron, la batalla se convirtió en un infierno de crujidos metálicos, choques violentos, hombres que luchaban en terrible confusión junto al ronco bramido de los cañones. De repente, el horizonte se ocultó debido a las nubes de pólvora que apenas dejaban ninguna visibilidad. A veces, el viento abría desgarrones que dejaban ver escenas de dolor y sangre. Pero siempre, en todo momento, allí se alzaba la figura envuelta en la armadura de plata, colocada en el centro de nuestra esperanza y fe en la victoria, como señal de que todo iba bien. Al cabo de un rato, un gozoso griterío de júbilo nos anunció que las primeras fortificaciones eran ya nuestras. El enemigo había sido arrojado al interior de sus murallas.


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