Juana de Arco

Juana de Arco

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36

Después de la gran victoria, era evidente que las tropas necesitaban descansar. Se concedieron dos días para que restauraran sus fuerzas. Yo me encontraba durante la mañana del día 14 escribiendo lo que me dictaba Juana, cuando entró Catalina Boucher. Estábamos en una habitación retirada, elegida por Juana cuando deseaba tranquilidad, impidiendo las interrupciones de sus oficiales. La llegada de Catalina nos obligó a hacer una pausa. La joven tomó asiento, y habló:

—Juana, si no os molesta, me gustaría deciros algo.

—No me molestáis nunca. Decidme, pues.

—La noche pasada apenas pude dormir, al pensar en los peligros que corréis. El Paladín me contó el modo como habéis salvado la vida del duque D’Alençon al advertirle que se apartara del lugar donde se encontraba, puesto que las balas de cañón volaban por todas partes.

—Bueno, eso os parecerá bien, ¿no?

—Desde luego. Pero no me gustó, en cambio, que vos permanecierais allí. Por favor, Juana, ¿cómo os comportáis de ese modo? Lo que hacéis es una temeridad inútil.

—¡De ningún modo! En realidad, yo no corría el menor riesgo.


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