Juana de Arco
Juana de Arco Todo era alegría, risa y ambiente animado, cuando hubo una interrupción, en el momento en que alguien llamó a la puerta de entrada. Era uno de esos pobres vagabundos de los caminos que tanto abundaban en el país a causa de las continuas guerras que lo asolaban. Entró en la casa, cubierto de nieve, y golpeando con los pies en el suelo, se sacudió la ropa, la alisó y cerró la puerta. Se quitó los restos de un sombrero maltrecho, se lo sacudió una o dos veces contra la pierna, con el fin de quitarle los copos de nieve, y paseó la vista entre los presentes, trasluciendo su rostro enjuto una expresión de agrado. Después, al ver los alimentos que todos se disponían a consumir, sus ojos no pudieron impedir la expresión hambrienta y suplicante del que se encuentra al borde de la inanición. Hizo un humilde y conciliador saludo, y nos dijo que era una bendición disfrutar de un fuego como aquel en semejante noche, estar cobijados bajo sólido techo, disponer de una comida tan suculenta con la que saciar el hambre y gozar de la compañía de afectuosos camaradas con los que hablar… ¡Ah, sí, aquello era una bendición, mientras que a los caminantes agotados, perdidos por los campos en una noche tan horrible como aquella… que Dios les ayudase… con semejante tiempo…!