Juana de Arco
Juana de Arco Me di cuenta de que Juana «sabía» que iba a morir pronto. En realidad, ya se lo había anunciado al Rey cuando le rogaba urgencia en acabar con el poderío inglés. A ella no le preocupaba la idea, sabiendo que le aguardaba la gloria. Y los demás no hicieron caso de su profecía, o es que prefirieron olvidarla para estar más tranquilos. Pero yo no podía hacer lo mismo. Yo solo. Debía guardar mi terrible secreto sin el consuelo de nadie. Era una pesada carga, un dolor profundo que me apesadumbraba a todas horas y me hacía sentir el corazón destrozado.
Lo cierto es que Juana iba a morir pronto. Nunca imaginé semejante cosa. Era una idea incomprensible, al verla joven y fuerte, con derecho a una vejez tranquila y honrosa. Durante esa noche, estuve pensando en la tragedia de Juana, y así llegó la mañana. El son de los clarines y tambores se escuchó en el silencio de mi duermevela matutino, y las pesadillas desaparecieron. ¡Todos a montar y a cabalgar! Teníamos por delante una jornada que se preveía sangrienta.
