Juana de Arco

Juana de Arco

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Cuando, por fin, amaneció la jornada de aquel inolvidable 18 de junio, el enemigo no aparecía por ningún lado. A mí no me preocupó. Estaba seguro de que lo encontraríamos, descargando sobre ellos el golpe que —según lo adelantado por Juana— abatiría el poder inglés en Francia durante mil años.

El ejército inglés se adentró en las extensas planicies de la Beauce, formadas por terrenos baldíos, sin caminos, cubiertos por matorrales, salpicados con bosquecillos arbolados. Una zona poco adecuada para ocultar la presencia de un ejército. Así, encontramos el rastro de los ingleses sobre la tierra húmeda y blanda, de modo que pudimos seguirlos fácilmente. Por las trazas, marchaban con orden y tranquilidad, sin dejarse llevar por la prisa o el pánico.

Pero nosotros tomamos las máximas precauciones. En un terreno como aquél, nos arriesgábamos a caer en alguna emboscada, apenas sin darnos cuenta. Para evitarlo, Juana envió por delante un grupo de caballería al mando de La Hire, Saintrailles y otros oficiales, con instrucciones para reconocer el camino. Percibimos en algunos de nuestros mandos gestos de inquietud. Aquel juego del escondite les ponía nerviosos y les llevaba a desconfiar. Juana se dio cuenta de su estado de ánimo y decidió arengarlos con palabras vibrantes:


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