Juana de Arco

Juana de Arco

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En aquella ocasión volvimos a encontramos con el Gran Maestre de la Casa del Rey, el que nos acogió en su castillo de Chinon antes de ser recibidos por el Rey. Juana le nombró Bailío de Troyes, previo el permiso del Rey.

No tardamos en continuar nuestra marcha. Chálons se nos rindió sin lucha. Fue allí donde alguien le preguntó a Juana sobre cuáles eran los temores que la embargaban de cara al futuro. Ella respondió que su único temor era la traición. ¿Quién podía suponer tal cosa? ¿Quién podía imaginar algo así? Y, sin embargo, aquello fue, en cierto modo, una profecía.

Continuamos nuestra marcha con ritmo incesante. Por fin, el 16 de julio contemplamos ante nosotros la ansiada meta: Las torres de la gran catedral de Reims se veían levantarse en la distancia. Los gritos de júbilo recorrieron las columnas del ejército, desde vanguardia a retaguardia. Juana de Arco, desde su cabalgadura, serena y envuelta en su armadura plateada, observaba el panorama. En su rostro se reflejaba una profunda alegría, una alegría que no era de este mundo y que la transformaba en algo espiritual. Y es que su misión extraordinaria tocaba a su fin con un resultado triunfal y sin la menor sombra. Muy pronto Juana podría pronunciar con plena justicia estas palabras: «Todo está terminado. Dejadme ir libremente en paz».


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