Juana de Arco

Juana de Arco

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—Así pues, llegamos al estómago del hombre. Meditad que el ejemplo se corresponde con el par de tenazas. ¿Es que puede un estómago humano planear un asesinato? No. ¿Puede planear un robo? No. Y, ahora decidme. ¿Puede hacer todo esto un par de tenazas? —Hubo gritos admirativos de «¡Nooo!»—. Pues los casos —prosiguió el alcalde— son exactamente los mismos. Pero vamos a precisar más todavía. ¿Puede un estómago colaborar en un crimen? No. El poder de mando, la facultad de raciocinio no existen en el estómago, como en el caso de las tenazas. Luego entonces, nos damos cuenta que el estómago es totalmente irresponsable de los crímenes cometidos por la cabeza.

La respuesta fue otro caluroso aplauso.

—Hemos de concluir, que no puede haber un estómago culpable, que en el cuerpo del más grande de los pillos existe un estómago puro e inocente, y que, sea lo que fuere su propietario, el estómago, al menos, debe ser respetado, mientras Dios nos dé inteligencia para discurrir cosas justas, caritativas y buenas. Este, debe ser un privilegio nuestro, y también obligación. Y no sólo alimentar al estómago hambriento de un bribón, apiadados de su necesidad, sino también hacerlo con alegría, al reconocer que ese estómago es inocente, en medio de una compañía tan poco recomendable como es la cabeza de un pillo. He terminado.


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