Juana de Arco
Juana de Arco Montamos en nuestras cabalgaduras y partimos. Aquél fue un espectáculo inolvidable, que la multitud contemplaba con felicidad y entusiasmo. La gente se arrodillaba a nuestro paso, aclamando al Rey recién consagrado y a Juana «Liberadora de Francia». Después de haber recorrido las calles más importantes de la ciudad, cerca de una posada llamada «La Cebra», observamos la extraña conducta de dos hombres con ropas de campesinos, que, situados en primera fila, no se inclinaban ante los héroes de Francia. Indignados, los guardias alabarderos se abalanzaron contra aquellos zafios, con el propósito de enseñarles modales, pero cuando les ponían la mano encima, Juana les ordenó: «¡Deteneos! ¡No les hagáis daño!», y, acto seguido, descendió de su montura, y dirigiéndose a uno de los campesinos, lo abrazó cariñosamente, derramando abundantes lágrimas. Era su padre, que estaba acompañado de su tío Laxart.
La noticia corrió como la pólvora y en un momento aquellos dos pobres, desconocidos y despreciados, se convirtieron en personajes famosos y envidiados. La gente luchaba por acercarse a ellos, ansiosos de poder contar algún día que vieron al padre de Juana de Arco y al hermano de su madre.
