Juana de Arco
Juana de Arco Pues bien: ¡Aquellos campesinos habían alcanzado título de nobleza por orden del Rey! Ellos no percibían la importancia del hecho. Todo eso no era más que una fantasía insustancial. Sus mentes no podían concebir la idea. No les preocupaba todo eso de la nobleza. Vivían sólo pendientes de sus hermosos caballos que les regalaron en Reims.
Estos sí eran cosas reales y sólidas, animales visibles que despertarían la admiración de Domrémy.
Luego, se cambiaron impresiones sobre los solemnes actos de la coronación y el viejo De Arco dijo que todos se quedarían asombrados en la aldea, cuando él contara que estuvo en Reims en el momento en que el Rey fue ungido y coronado.
Juana, algo preocupada intervino:
—Por cierto, padre, que eso me hace recordar… ¿cómo estabais en la ciudad y no me lo hicisteis saber? Yo os habría situado junto a los demás nobles, presenciando la ceremonia dentro de la catedral, y podríais haberla descrito después a mi madre al regresar a casa. ¿Por qué no me avisasteis de vuestra presencia?
Su padre parecía violento y confundido, como si no acertara qué decir. Pero Juana le miraba a la cara, poniéndole sus manos en los hombros, esperando. El pobre anciano, agitado por intensa emoción, la abrazó y hablando con dificultad, dijo:
