Juana de Arco
Juana de Arco En mi doble calidad de paje y secretario de Juana, la acompañé a la reunión del Consejo. Entró en la asamblea con la dignidad de un gran Jefe Militar. ¿Dónde estaba la juguetona chiquilla que un momento antes parecía encantada con la cinta azul de su yelmo, y disimulaba la risa al oír el relato de un torpe campesino que irrumpió en un funeral a lomos de un toro, amoratado por las abejas? Sencillamente, había desaparecido sin dejar rastro.
Se fue derecha a la mesa del Consejo y permaneció de pie. Su mirada observó los rostros de los asistentes y no tardó en comprobar la fidelidad de sus compañeros de armas. Así que identificó a su enemigo, al mismo tiempo que tranquilizaba a sus amigos:
—Con vosotros no van mis palabras. Ya sé que no habéis solicitado este Consejo de Guerra. —Se volvió hacia los consejeros privados del rey y dijo:— A vosotros hablo. Así que habéis pedido un consejo de guerra. Es sorprendente. Sólo queda una cosa que hacer y convocáis un consejo de guerra. Los consejos sirven para decidir entre varias posibilidades, pero aquí no hay más que una, y es indiscutible. ¿Deseáis un consejo de guerra? ¡Por Dios! ¿Para determinar, qué?
Juana se detuvo y miró directamente el rostro de Tremouille, se mantuvo en silencio mientras lo examinaba con absoluta serenidad. A continuación, siguió:
