Juana de Arco
Juana de Arco Se enviaron numerosos emisarios a presencia del Rey rogándole se reuniera con nuestro ejército, pero, a pesar de prometer que llegaría, no lo hizo. El duque de Alençon decidió ir personalmente y también el Rey aseguró su presencia, pero tampoco esta vez cumplió su palabra. Mientras tanto, el enemigo se había recuperado, en vista de la cobarde y ambigua actitud del Rey. Aunque las defensas de París se habían reforzado y el ataque resultaba más difícil cada vez, el ejército francés confiaba en la victoria. Juana ordenó el asalto para la mañana del día 8 de septiembre.
La artillería comenzó a bombardear el bastión que defendía la puerta de St. Honoré. Después, las tropas se lanzaron contra ella al mediodía, tomándola de la primera embestida. Luego, continuamos el avance, con Juana a la cabeza, con el estandarte a su lado, mientras nos envolvía el humo y los proyectiles caían sobre nosotros como nubes de granizo. Cuando nos encontrábamos en pleno ataque, Juana fue herida por un dardo y nuestros soldados retrocedieron inmediatamente, presos de pánico. Sin ella no eran nada. Ella era el ejército en sí misma.
