Juana de Arco

Juana de Arco

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Las cosas ocurrieron como he dicho. Juana tuvo en su mano la liberación de París y de toda Francia. Pudo decirse que tuvo a sus pies el final de la «Guerra de los Cien años». Pero el rey le obligó a abrir la mano y levantar el pie. Después de los hechos narrados vinieron ocho meses deambulando con la Corte, alegre y fastuosa, bailarina y picarona, dada a las partidas de caza y a las burlas, coplera y disipada. Iba de ciudad en ciudad, de castillo en castillo. Una vida placentera y agradable para los soldados de la escolta, entre los que nos contábamos, pero no para Juana. Sin embargo, ella no participaba en aquel ambiente, lo contemplaba como espectadora. El Rey hizo lo posible para que Juana se divirtiera y fuera feliz. Incluso la liberó de las ceremonias y normas cortesanas que debían seguir todos los demás. Su única obligación era la de cumplimentar al Rey una vez al día. Se pasaba todo el tiempo recluída en el sector reservado a ella, entre pensamientos y devociones que alternaba con algunos ratos en los que imaginaba arriesgadas tácticas militares, que ya nunca podría dirigir. Con la imaginación organizaba grupos de ejército, marchas y puntos de encuentro con el enemigo y formaciones de batalla. Era la única distracción para su tristeza y forzada inactividad, en la que se refugiaba como descanso de la mente y alegría para su corazón. Nunca se quejaba. No fue su costumbre. Prefería sufrir en silencio, pero daba la impresión de ser un águila enjaulada que languidecía por falta de aire puro, lejos de las cumbres, perdida la inefable sensación de libertad.


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