Juana de Arco
Juana de Arco No hacían falta más explicaciones. Nuestros sentimientos y nuestra razón estaban en Rouen, pero ahora se trataba de trasladar allí nuestras personas. Lo que más amábamos en el mundo se encontraba encerrado en aquella fortaleza. No podíamos ayudarla, pero nos consolaba tenerla cerca y observar los muros de piedra que la guardaban. El peligro era que nos hicieran prisioneros también a nosotros. Pero, en fin, nos pusimos en manos del destino, o mejor, de la Providencia.
De modo que partimos. No nos dábamos cuenta del cambio operado en el país. Caminábamos libremente y sin obstáculos por todas partes. Cuando Juana de Arco dirigía sus campañas, se percibía el terror de sus enemigos en pueblos y ciudades. Ahora que la tenían prisionera, el temor desaparecía. No tardamos en descubrir que podíamos navegar por el Sena sin necesidad de fatigarnos. Así, nos embarcamos en un bote, llegando a una legua de Rouen. Desembarcamos en la orilla opuesta a las colinas, llana como el suelo de una casa. El problema fue entrar en la ciudad, cuyas puertas estaban severamente vigiladas. Los guardias no dejaban entrar a nadie que no se identificara, con el fin de impedir cualquier intento de liberar a la Doncella.