Juana de Arco
Juana de Arco Tuvimos el problema de encontrar algún medio de ganar nuestro sustento. Cuando los Pierrons supieron que yo era capaz de leer y escribir, intercedieron por mí ante su confesor y éste me recomendó a un buen sacerdote, llamado Manchon, que ejercería después el cargo de secretario en el Gran Proceso contra Juana de Arco. Mi posición era comprometida… era empleado del secretario… Y peligrosa, en el caso de que alguien descubriera mis simpatías hacia la procesada y mi anterior papel a su servicio… Pero no existía problema serio.
Manchon, en su interior, albergaba sentimientos amistosos hacia Juana y nunca me traicionaría. Por otra parte, prescindí de mi apellido, utilizando sólo el nombre de pila, como era habitual entre la gente de clase baja. Trabajé para Manchon a sus órdenes directas. Durante los meses de enero y febrero le acompañé varias veces a la fortaleza donde se encontraba Juana, aunque no al calabozo en el que estaba recluida. De modo que no tuve ocasión de verla.
