Juana de Arco
Juana de Arco El martes 20 de febrero, trabajaba yo en unos escritos de mi señor clérigo, cuando entró en la habitación con aire triste y me informó que habían fijado el comienzo del proceso para la mañana del día siguiente, por lo que debía prepararme para asistir en su compañía. Desde luego, me esperaba la noticia, pero la impresión que me llevé al recibirla me cortó el aliento y me hizo temblar. Tal vez, de modo inconsciente, me había hecho a la idea de que ocurriría algo que iba a suponer el fin de la pesadilla, deteniendo aquel proceso fatídico. Quizá, el propio La Hire seguido por sus «diablos» se lanzaría contra los muros de la cárcel… O que Dios, apiadado, extendería su poderosa mano para hacer justicia… Pero ahora, ya no había ninguna esperanza.
El proceso daría comienzo en la misma capilla de la fortaleza, y quedaría abierto al público. Corrí angustiado a comunicárselo a Noel, con el fin de que madrugara para conseguir un sitio en el interior del recinto. Así tendría ocasión de volver a ver a nuestra querida Juana. Por la calle, la multitud de ciudadanos franceses partidarios de Inglaterra, y los soldados ingleses dominadores, charlaban y reían de viva voz, comentando el próximo acontecimiento:
—Dicen que el gordo del obispo ha preparado las cosas a su gusto por fin, y afirma que llevará a esa mala bruja a bailar una danza alegre y breve.
