Juana de Arco
Juana de Arco Las coséis eran distintas ahora. Sin luz, ni aire, ni alegría, encerrada en lóbregos calabozos, debía estar agotada y sus fuerzas gastadas. También se encontraría desalentada, al saber que no tenía esperanza. Sí, todo había cambiado.
En la sala se escuchaba el sordo rumor de voces, hasta que, de repente, una voz ordenó:
—¡Traed a la acusada!
Me quedé sin aliento. Mi corazón me saltaba del pecho. Se hizo un silencio absoluto. Cesaron los ruidos. La quietud degeneró en algo opresivo. Los semblantes se volvieron hacia la puerta, a la espera de ver en carne y hueso a la persona considerada hasta entonces como el prodigio en forma humana, el mito que circulaba de boca en boca. La quietud y el silencio continuaron. A lo lejos, por los corredores de piedra se oyó el sonido de pisadas… clac… clic… clac… Y apareció ¡Juana de Arco, liberadora de Francia, encadenada! Todo me dio vueltas, como un torbellino. Me di cuenta de lo que iba a suceder.