Juana de Arco
Juana de Arco —Eso no pienso decirlo.
—¿La Voz os insistÃa muchas veces?
—SÃ. Unas dos o tres por semana. Me indicaba: Deja tu aldea y ve a salvar a Francia.
—¿Vuestros padres sabÃan que pensabais partir?
—No. La Voz decÃa: «Salva a Francia». Asà que yo no podÃa quedarme en casa más tiempo.
—¿Y qué más os dijeron las Voces?
—Que debÃa levantar el asedio de Orleáns.
—¿Y eso fue todo?
—No, porque antes debÃa visitar a Robert de Baudricourt para conseguir que proporcionara los soldados para iniciar la marcha. Yo les respondÃa que era una pobre chica, sin la menor idea de montar a caballo y de combatir.
Después contó las dificultades que hubo de superar en Vaucouleurs, hasta que le concedieron los soldados y dio comienzo su misión.
—¿Y cómo ibais vestida?
El tribunal de Poitiers ya se pronunció sobre eso. Dictaminaron que, si Dios la habÃa elegido para cumplir una tarea de hombre, resultaba adecuado y no era escandaloso para la religión que vistiera como tal. Pero eso no importaba. Aquellos jueces pensaban emplear todas las armas contra Juana, incluso las más desacreditadas, y el asunto de la ropa masculina lo utilizarÃan muy a menudo durante el proceso. Juana siguió: