Juana de Arco

Juana de Arco

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La tercera sesión del tribunal se celebró en la misma espaciosa cámara, el día siguiente, 24 de febrero. La jornada se inició con el ceremonial cotidiano, distribuyendo los encargados del orden a los sesenta jueces en los puestos asignados a cada uno. Una vez más, Cauchon desde su estrado solicitó de Juana el juramento sobre el Evangelio, prometiendo decir la verdad en todas las preguntas que se le formularan.

Los ojos de la joven centellearon. Se levantó y estuvo unos momentos en pie, llena de hermosura y nobleza, frente al obispo, diciendo:

—Id con cuidado, señor, vos que sois mi juez y asumís tremenda responsabilidad, porque vais demasiado lejos en vuestras atribuciones.

Sus palabras desencadenaron un considerable tumulto. Cauchon la amenazó con dictar condena contra ella inmediatamente si no obedecía. Me quedé helado. Aquello significaba morir en la hoguera. Pero Juana, todavía en pie, le respondió sin perder la calma:

—Ni todo el clero de París y Rouen juntos están autorizados para condenarme, pues carecen de derecho a hacer tal cosa.

El tumulto se reprodujo, al dividirse el público entre los que gritaban y los que aplaudían. Juana tomó asiento, y el obispo insistió en su postura. La joven habló de nuevo:


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