Juana de Arco
Juana de Arco El tribunal decidió tomar un descanso. Tiempo era de hacerlo. Cauchon perdía terreno a ojos vista, mientras Juana se lo ganaba. Por ciertos síntomas, parecía evidente que, de un lado a otro, algunos jueces estaban impresionados por el valor de la joven, su elevado ánimo y fortaleza de espíritu. Se ablandaban, ganados por su manifiesta sencillez, nobleza de carácter, fina inteligencia y capacidad para salir airosa en un combate librado en solitario, sin amigos, rodeada de personas hostiles. Y lo mejor era que este reblandecimiento del tribunal iba extendiéndose, lo cual significaba un claro peligro para los planes de Cauchon.
Tenía que hacer algo, y lo hizo. Cauchon, que no se distinguía por su carácter benévolo, se compadeció ahora de las «agotadoras fatigas» de los jueces y, para aliviarlas, consideró suficiente un pequeño número de ellos. ¡Oh alma caritativa! El problema es que no pensó en las «agotadoras fatigas» de la procesada. Así pues, dejaba en libertad a los jueces, salvo un selecto grupo, designado por él mismo. Eligió verdaderos tigres, con excepción de dos o tres corderos, más por error que otra cosa. Pero él sabía cómo tratar a los corderos cuando los descubría. Convocó un reducido Consejo y durante 5 días fueron seleccionadas las respuestas más conflictivas dadas por Juana en los interrogatorios.
