Juana de Arco

Juana de Arco

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Era imposible quebrantar aquel espíritu. Me gustaría que hubierais podido ver a Cauchon otra vez derrotado, sin imaginarlo en absoluto. Se dijo en Rouen que ya tenía redactada una confesión completa de inculpaciones, seguro de que Juana se la firmaría. Pero la joven no se rindió, conservando su increíble lucidez mental. Muy poca gente se habría dado cuenta, en aquella situación, de que las palabras arrancadas con tortura no tenían por qué resultar necesariamente ciertas. Sin embargo, Juana la iletrada puso el dedo en la llaga con su infalible instinto. Todos pensábamos que la tortura servía para descubrir la verdad, pero cuando Juana expuso unas palabras tan simples, la chispa de su ingenio fue como el relámpago en medianoche, que ilumina valles y aldeas despejando la oscuridad. Manchon me miró sorprendido, sentimiento que se observaba también en la cara de los demás, asombrados ante la sabiduría de una doncella aldeana sin estudios. Uno de los jueces, murmuró:

—En verdad que es una criatura maravillosa. Ha descubierto una verdad tan vieja como el mundo, ¿de dónde le viene esa inteligencia?

Mientras, los teólogos discutían en voz baja la decisión a tomar. Se formaron dos grupos opuestos. Uno, capitaneado por Cauchon y Loyseleur, insistía en que le fuera aplicada tortura, mientras el sector mayoritario se mostraba porfiadamente en contra.


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