Juana de Arco
Juana de Arco Según costumbre admitida, siempre se dejaba al condenado pasar la última noche de su vida en paz y tranquilidad. Con Juana se alteró la costumbre. Loyseleur fue a visitarla en la celda, intentando, a lo largo de varias horas, convencerla para que se sometiese a la Iglesia, como buena cristiana. Le prometió, de acuerdo con el obispo, sacarla de aquel lugar y conducirla a otra prisión mucho más llevadera, no dirigida por ingleses, sino por mujeres francesas que serían sus guardianas.
Mientras tanto, Noel y yo vagábamos como almas en pena. Al anochecer llegamos hasta la puerta principal de la ciudad, con la loca esperanza de ver aparecer, de un momento a otro, las fuerzas que rescatarían a Juana, tal como anunciaron las Voces. Pero nada de eso ocurría. Una multitud se agolpaba en la puerta, desde el exterior, deseando entrar en Rouen con el fin de presenciar, al día siguiente, la muerte en la hoguera de la «bruja». Los guardianes rechazaban con rudeza a los que no mostraban salvoconducto. Observábamos a los que lograban pasar el control, pero ninguno de ellos nos recordaba a nuestros camaradas y jefes del ejército de Francia, dispuestos a liberar a Juana.