Juana de Arco
Juana de Arco A la mañana siguiente me presenté en el lugar que se me había asignado. Me encontraba en una plataforma, elevada a la altura de un hombre, en el cementerio de la iglesia, bajo los aleros de St. Ouen. Junto a mí se apiñaba un nutrido grupo de sacerdotes y ciudadanos importantes además de algunos juristas. Frente a nuestra plataforma, separada por un corto espacio de terreno, se alzaba otra mucho más lujosa, pues había sido cubierta con dosel y tapices, que la protegían de la lluvia y del aire. Varios muebles y sillas daban al conjunto un aspecto cómodo y agradable. Dos sillones se destacaban sobre los demás, colocados sobre un entarimado y dominando la situación. Uno de los dos sillones estaba ocupado por S.E. el Cardenal de Winchester y el otro, por el obispo Cauchon.
A su alrededor, tomaron asiento tres obispos, el Viceinquisidor, ocho abades, y 62 clérigos y teólogos que asistieron en calidad de jueces al proceso contra Juana. Veinte pasos más allá, frente a las dos plataformas, se levantaba un túmulo de piedra, con una mesa al finid, construida en forma de escalones, donde se asentaba la estremecedora pira de madera. En la base, haces de leña apilados. Al lado, el verdugo y sus ayudantes, con vestiduras rojas. A sus pies, restos de brasas encendidas junto a una provisión suplementaria de troncos muy considerable.
